La guerra de las semillas
por Leila Macor


Casi en el Polo Norte, enterrada en la nieve, los noruegos -que no son ningunos boludos- construyeron una bóveda e invitaron a la comunidad internacional a poner a salvo, allí, la flora de cada región. Es el mayor almacén de semillas del mundo y el más seguro. Fue ideado para salvar la biodiversidad del planeta en caso de que un desastre atómico, una catástrofe medioambiental, el impacto de un meteorito o las excesivas flatulencias de las vacas hagan desaparecer simientes de plantas muy apreciadas entre nosotros los humanos, como el trigo, el maíz, el café. En la foto, la Bóveda Global de Semillas de Svalbard luce como un monolito estrecho e impenetrable, extemporáneo en medio de toda esa nieve, incoherente entre tanta desolación. Y sólo es la entrada. Tras la puerta, un corredor subterráneo conduce hacia un depósito que puede albergar 2.000 millones de semillas en la profundidad del permafrost ártico, donde, pase lo que pase en el planeta, según esta gente siempre hará suficiente frío para garantizar que comeremos espaguetis y arepas por los siglos de los siglos.

No son ningunos boludos, decía. Los nórdicos sí que saben planificar a largo plazo. Ahora nos burlamos un poco de ellos porque los vemos como unos tipos ingenuotes y con tendencias suicidas, pero mírenlos bien: están sonriendo. Porque en caso de un desastre atómico o medioambiental, ¿qué demonios hago yo con toda esta información? Nada. Si un meteorito arrasa la faz de la Tierra y quedamos en pie, no sé, cien personas: ¿cómo voy a Noruega, siembro toda esa porquería y le devuelvo la vida a mi planeta? La gente con quien comparto esta preocupación me asegura que no me tocará a mí salvar la biodiversidad mundial, lo cual me tranquiliza enormemente. Pero digamos que sí le toca a un sueco, que como está más cerca tiene más posibilidades de llegar al búnker. El tipo se arrastrará por bosques, montañas y desiertos tras la quimera del nuevo tiempo -el almacén de semillas-, convencido de que en algún lugar del Polo Norte la vida está protegida y lista para volver a empezar. Nuestro personaje combatirá a los osos polares, que sólo para complicar las cosas no habrán tenido el altruismo de extinguirse por fin, llegará al monolito de Svalbard y abrirá la puerta. ¿Luego? ¿Encontrará instrucciones en sueco dentro de las bolsitas donde están guardadas las semillas? ¿Podemos confiar en este señor? ¿Hará crecer trigo en un medio hostil, con las temperaturas extremas, las explosiones volcánicas, los azotes de huracanes y las lluvias ácidas que habrá dejado el meteorito de regalo?

Pero evaluemos una posibilidad menos catastrófica: el desastre mata, digamos, a la mitad de la población y quedan unas tres o cuatro mil millones de personas en el mundo. Entonces todos pensarán con codicia en la estrecha puerta de la bóveda y en un dos por tres se desatará la guerra mundial definitiva, la última: la guerra de las semillas. ¿Quién gana? Los noruegos, por supuesto. Los que saben dónde está el almacén, cómo se abre y cómo se usa. Esos tipos ingenuotes y suicidas albergan la Salvación de la Flora Planetaria, esconden el Futuro De La Humanidad en su vientre, son el Arca de Noé, el Alimento de las Próximas Generaciones, el Último Recurso. Por eso, cuando veo a un noruego, lo respeto. Él tiene la llave. Yo no. Y sonríe, el desgraciado largoplacista.

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